Judit Bokser Liwerant
En la sociedad contemporánea, la dimensión urbana se ve cada vez más erosionada entre las fuerzas globales de la homogeneización tecnológica, la lógica privatizadora de los espacios, y las políticas económicas y sociales que responden a agendas cambiantes que lejos están de sólo mantener un compromiso con sus habitantes de las ciudades. Lefebvre postulaba que lo urbano conserva cualidades vitales: sirve de escala mediadora entre lo global y lo privado; se define por la centralidad, el encuentro y la interacción; y genera nuevas formas a través de la convergencia de las diferencias (Schmid, 2012). La actual era de reestructuración político-económica, social y cultural ha introducido profundas transformaciones en las instituciones que rigen la vida urbana. Estos cambios, aunque complejos y con resultados variados, han dado lugar, en general, a una afectación de los derechos de los habitantes urbanos en las decisiones que configuran sus ciudades. A pesar de algunas variaciones, el consenso en la literatura destaca un desgaste constante de la capacidad de los residentes para influir en el desarrollo urbano (Purcell, 2002).