El movimiento woke es culpable, según sus críticos, de sacudir lo que permitía un amplio consenso político y una sólida cultura común. O, si se prefiere una formulación algo más elevada, lo woke es lo que amenaza, para algunos de muerte, a los universales que habían orientado y ordenado la vida política en Occidente. Sin embargo, apunta Jorge Lago, los consensos y las verdades compartidas nunca fueron una experiencia histórica realizada y plenamente compartida, sino «una aspiración o una fantasía», en cualquier caso, una proyección que dejaba fuera de sí «una parte del cuerpo social».