El mejor aliado de la buena escucha es el silencio. Solo el que sabe esperar al término del discurso sin interrupciones, «guarda las palabras benéficas, pero las inútiles o falsas las distingue y reconoce con facilidad, dejando claro que es amigo de la verdad, pero no aficionado a las disputas ni apresurado ni peleón», escribe Plutarco.