En una década, el Sahel ha cambiado por completo. Los golpes de Estado (Malí, Burkina Faso, Níger), presentados en un principio como respuestas temporales a la crisis de seguridad, parecen estar instalando de forma duradera regímenes autoritarios. Más allá del rechazo común a la presencia francesa, estos nuevos poderes militares tienen dificultades para formular un verdadero proyecto y, sobre todo, para contener una ola yihadista cada vez más mortífera.