La dignidad implica que el Estado proporcione servicios básicos de calidad: educación para adaptarse a los futuros cambios laborales, sanidad eficiente y vivienda digna. Las democracias del siglo XXI deberían construir una nueva alianza entre el empleo, el bienestar y la sostenibilidad. Por ello, el principio que debe guiar a la socialdemocracia es claro: proveer a los trabajadores de acceso a la vivienda, educación, sanidad y un salario suficiente para mirar más allá del presente inmediato, que no solo transforma vidas individuales, sino que fortalece el conjunto de la sociedad. Estados más sólidos, protecciones más eficaces y economías más resilientes nacen de esa base. Porque la verdadera seguridad nacional no se mide en arsenales, sino en la estabilidad cotidiana de quienes hacen funcionar el país. Solo una socialdemocracia renovada y ambiciosa está en condiciones de liderar el nuevo progreso.