El mundo actual se articula en torno a dos polos dominantes. China representa el polo industrial, controlando el 30% de la producción mundial en términos de valor añadido, mientras que Estados Unidos apenas alcanza el 16%. Europa, como entidad económica integrada, ni siquiera figura en la lista de potencias industriales que forman China, Estados Unidos, Japón, Alemania, India y Corea del Sur. Solo el Reino Unido aparece marginalmente en las posiciones inferiores. La autonomía estratégica europea debe reconsiderarse no solo respecto a China, sino fundamentalmente respecto a Estados Unidos, que controla la infraestructura digital crítica de nuestras economías. La computación en la nube, los sistemas operativos, las plataformas de comunicación: todas estas tecnologías esenciales están bajo control estadounidense, creando vulnerabilidades sistémicas que podrían ser explotadas en cualquier momento.