Hace unos años se llegó hablar del milagro africano; hoy, a pesar del relativo éxito en contener la epidemia del coronavirus, muy pocos lo dirían. El desarrollo no ha llegado, mientras continúa el saqueo de recursos, la corrupción y el secuestro del poder por las élites. El resultado es inseguridad alimentaria, pobreza, falta de empleo, conflictos étnicos y migraciones dentro y fuera del continente. Las insurgencias aparecen, y los riesgos de golpes de Estado y guerras civiles aumentan. Las élites aprovechan el fracaso de los movimientos que liberaron África para enriquecerse en detrimento de sus pueblos. La democracia está en jaque, mientras las potencias siguen convirtiendo a África en un campo de sus batallas.