Las medidas tarifarias decretadas por Washington el pasado 2 de abril abren un periodo de gran incertidumbre para la economía mundial, al tiempo que marcan un punto de inflexión para el sistema multilateral. Si bien el impacto directo de los aranceles sobre la economía española es relativamente limitado, con una pérdida estimada del PIB de entre 2 y 3 décimas, el coste se concentra en unos pocos sectores. Además, los impactos indirectos son cuantitativamente mayores. Uno, porque los países más afectados por los aranceles, como China, intentarán compensar la pérdida de cuota de mercado en EE. UU. con una ofensiva comercial en otros destinos, intensificando las importaciones. Dos, y sobre todo, porque los efectos recesivos sobre EE. UU., los mercados financieros y, particularmente, la inversión, una variable estrechamente relacionada con las exportaciones, serán los más relevantes a medida que se prolonga el vaivén de medidas, contramedidas y amenazas de retorsión. Bajo supuestos relativamente benévolos, la economía española crecería un 2,3 % este año, tres décimas menos de lo anticipado antes del inicio de la guerra comercial, y un 1,6 % en 2026, cuatro décimas menos.