El actual escenario de incertidumbre geopolítica tensiona el trilema complejo que marcará las políticas fiscales en los próximos años. En primer lugar, el crecimiento exponencial de determinadas partidas de gasto e inversiones, vinculadas a los retos demográfico, tecnológico, climático y de seguridad que exigirán mayores recursos. En segundo lugar, la presión por mantener la competitividad de las economías en un contexto de crecimiento previsiblemente anémico (especialmente en Europa) condicionará la generación de ingresos y la posibilidad de acordar potenciales subidas impositivas para financiar los susodichos desembolsos. Y en tercer lugar, la sostenibilidad de una deuda pública en trayectoria ascendente a nivel global (93% del PIB mundial y con perspectivas de alcanzar el 100% en 2030 según el FMI), que será necesariamente clave para financiar los déficits esperables.