“El presidente Donald Trump no entiende el soft power”, se lamentaba recientemente Joseph Nye, el inventor de la noción de “poder blando”. Esta capacidad de influencia, sobre todo cultural, que Estados Unidos utiliza para subyugar al mundo, ha seducido a su vez a numerosos intelectuales; su éxito radica en que cubre el puño de acero de la coerción con un suave guante de terciopelo.