Serbia vive desde hace cuatro meses la mayor oleada de protestas de su historia contemporánea. Las manifestaciones contra la corrupción comenzaron a raíz del derrumbe de un voladizo en la estación de tren de Novi Sad que causó la muerte de 15 personas. La génesis del accidente revela las taras de un sistema político que permite que el nepotismo campe a sus anchas a expensas de la seguridad más elemental. Nada de esto parece conmover a la Unión Europea.