En un cuarto de siglo, el precio del metal amarillo se ha multiplicado por diez. Si bien la naturaleza errática de los mercados financieros impide descartar una próxima caída del precio de la onza, las compras masivas de los bancos centrales, especialmente los de los países del Sur, sostienen los precios. En el trasfondo se perfila la perspectiva de un declive definitivo del dólar estadounidense.